CAPÍTULO 1
ra se una vez, en un lugar no tan remoto como querrías que
estuviese, vivía un párvulo y su consanguíneo en plena flor de la vida. Eran
como cualquier familia. Uno era alto, galán y seguro de sí mismo y el otro era
más bajo menos guapo y tímido. Su más notaria diferencia era que el hermano
mayor tenía un sombrero. Era un sombrero dotado de hermosura o eso pensaba su
hermano. Pero nunca se lo prestaba, ni se lo quitaba y las veces que se lo intentó
robar nunca lo logró. Sabían salvar las diferencias y no, dependiendo del
día. Sobrellevaban sus vidas con paciencia y combatían por cada día. Desde que
la luz cegaba sus profundos sueños hasta que el astro avisaba en lo alto del
cielo la llegada de la noche. Entre ellos cuidaban el uno del otro, incluso muchas
veces cuando el hermano menor no podía dormir, el mayor narraba relatos
fantásticos en voz alta, como aquella historia, la de las hormiguitas. En la
que existían unas hormigas que eran tan pequeñas que eran imperceptibles al ojo
humano y que, cansados de haber cargado azúcar todo el día, derramaban sus
sacos sobre los parpados de… y siempre se quedaba dormido. Pobre, ingenuamente
el menor se creía ese tipo de historias que despertaban su lado más curioso. Y
aunque lo ocultaba muy bien era tan capaz como su hermano aunque ni si quiera
él lo sabía, ¡ni se lo habría creído de haber habido alguien que se lo hubiera
dicho! No dudaba en desanimarse al ver que su hermano prosperaba y él no, era
incomprensible e irritante. Pero el perfecto de su hermano siempre lo alentaba.
Santiago García (Ilustración hacha por Santiago García)

No hay comentarios:
Publicar un comentario